miércoles, 24 de noviembre de 2010

¡Ana María Matute, premio Cervantes!

Somos unos visionarios, por eso nosotros le hicimos nuestro particular homenaje antes que el resto de España y del mundo.
¡Enhorabuena, señora Matute! Verdaderamente se lo merece.
En nuestro viaje a Itaca, fondearemos nuestras naves para seguir disfrutando de la lectura de sus obras.

miércoles, 20 de octubre de 2010

ENEMIST-ARTE

Todas las disciplinas artísticas están llenas de rivalidades, por ejemplo, en música, son conocidas las desavenencias entre Mozart y Salieri o, más recientemente, Plácido Domingo y José Carreras (hoy día ya reconciliados).

Así, la historia de la literatura no es ajena a las disputas, famosas fueron las de Góngora y Quevedo; las de Miguel de Cervantes y Lope de Vega; Leopoldo Alas, Clarín (el genial autor de La Regenta), y Rubén Darío. De todas ellas (y otras más) hablaremos otro día. En este primer número nos centraremos en Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez (Gabo).

Peruano de nacimiento el primero y colombiano el segundo participaron en uno de los movimientos que más revolucionó la literatura hispanoamericano de todos los tiempos, el “boom de la novela” (que se merece también una mención más extensa en otro número).

Ambos escritores gozaban de su amistad desde 1967, hasta el punto de que Gabriel García Márquez era el padrino de uno de los hijos de Mario Vargas Llosa, pero en 1976, ante la puerta de un cine de México, Vargas Llosa dejó noqueado a Gabo de un puñetazo en el ojo, "¿Cómo te atreves a querer abrazarme después de lo que hiciste a Patricia en Barcelona?", fue lo que le increpó el recién galardonado con el Nobel. La caricatura, publicada en un periódico de la época, resume la noticia.

Sobre lo que le quiso hacer Gabo a Patricia, la mujer de Vargas Llosa, siempre ha pesado un pacto de silencio entre los dos escritores (pero no seamos mal pensados porque el que parece ser que no obró bien con su propia esposa fue el peruano Vargas Llosa). Además, sus actuales posturas ideológicas tan dispares hacen aún más difícil una reconciliación.

domingo, 28 de febrero de 2010

Los mercados de Fenicia

Después de muchas semanas, retomo mi viaje a Ítaca para compartir con vosotros un artículo titulado Pasión lectora, de Clara Sánchez, que el diario El País publicó en el año 2006 y que, por el tema, podría haber escrito yo.
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La chica que va leyendo frente a mí en el metro sólo despega la vista de las páginas para comprobar por qué parada vamos, o para retener mejor alguna imagen, o darle vueltas a una frase que le ha impresionado. Tendrá unos 28 años y, seguramente, regrese del trabajo. Lleva el arreglo algo marchito de quienes salieron de casa hace 10 horas. Ha forrado el libro porque tal vez se lo han prestado y no quiere estropearlo, o puede que para ella sea un acto tan íntimo que prefiera proteger la identidad de la obra y el autor y, de paso, sus propios gustos. Precisamente, de gustos se trata. Hasta que una obra entra en los manuales de literatura primero tiene que pasar por el proceso del simple gustar, de atrapar a alguien que la va leyendo con el traqueteo del autobús o en un bar lleno de ruidos. Incluso andando por la calle, como hace con total naturalidad la protagonista de Una mujer soñadora, de Thomas Hardy, cuya versión real he visto, perpleja, más de una vez por aceras y pasos peatonales. Y es que a quien le gusta leer de verdad, lee por cuatro y encuentra la forma de hacerlo aun a riesgo de pegarse un buen tropezón.
Por el contrario, hay otros que tienen que encontrarse con unas condiciones muy precisas de temperatura, humedad, altitud y tranquilidad para abrir un libro. Son los que relegan la lectura a la playa, la piscina, las tardes invernales junto al fuego, a algún aburrido proceso gripal, a la cama antes de dormirse y a cualquier situación agradable que uno se pueda imaginar. Algunos, incluso, se preparan un baño con espuma y velas encendidas en ese templo de lectura que siempre ha sido el cuarto de baño. Es indudable que tanto estos lectores-muelle como los anteriores, los esforzados lectores-escaladores, encuentran un gran placer en la lectura. El problema es que de tanto repetir que leer es un placer ha llegado a sonar a frase hecha, a publicidad inventada por escritores y editores para hacer clientela.
Menos mal que la ciencia nos ha echado una mano, analizando lo que podríamos llamar el efecto Agatha Christie. Se ha comprobado objetivamente lo más subjetivo, la maravillosa sensación de bienestar que producen sus novelas en las neuronas de sus seguidores y que, de ampliarse el estudio, sospecho que abarcaría la lectura en general. Para mí es algo definitivo, si en un escáner sale que leer genera felicidad, si se encienden los puntos que hacen de nosotros seres menos agresivos, violentos y mediocres, no sé a qué esperamos para lanzarnos a una librería o a una biblioteca. Además, habría que añadir los últimos descubrimientos sobre las neuronas-espejo, las que nos hacen empatizar con el prójimo. Será por eso que Mercè Rodoreda (y no ha sido la única) decía que una novela es un espejo. Una idea no tan simple si pensamos que para sobrevivir necesitamos vernos reflejados en los demás de todas las formas posibles. Ya lo advertía la misma Biblia de un modo mucho más inquietante al decir que "en esta vida se ve la realidad como en un espejo. Después la veréis cara a cara". ¡Uf!
El caso es que nuestra lectora va embelesada, abducida por lo que en su libro se cuenta. Yo sacaría la novela que llevo en el bolso y me pondría a lo mío, pero me siento más intrigada por lo que lee ella. Hay un momento en que algo le hace gracia y casi ríe, apenas puede reprimirse, tiene que desviar la mirada hacia las paredes oscuras del túnel para salir de esta ilusión. Qué buen rato está pasando, aunque con tantos pasajeros a su alrededor observando taciturnos su particular jolgorio puede que le resulte un poco incómodo. ¿Y si llega un instante en que no sea capaz de controlarse? Pero, al momento, su rostro se vuelve serio, pensativo, por lo que también debe de haber profundidad y margen para la reflexión en esas divinas páginas. Todos nos hemos tropezado con obras de las que hay que levantar la vista de vez en cuando para saborearlas más y que al terminarlas y cerrarlas cobran más vida todavía, reviven en la imaginación, como si en el fondo le hubieran estado chupando la sangre al lector, mientras el lector se la chupaba a ellas. La sangre que circula por el interior de las letras, de las palabras, es absorbida por una mente, que a su vez le entrega todo lo que sabe y lo que ha llegado a ser en esta vida. Y por eso la lectura es el único caso de doble vampirización del que todos salimos fortalecidos, con el corazón más fuerte, y más jóvenes.